Llueve. A las tres y media de la madrugada de la Navidad. Según cuentan las lenguas malas (aunque no todas lo sean) hace unos 2008 años nació un tal Jesus, hijo de un carpintero que no era Gepetto, aunque valga la sutileza. La madre se llamaba María, y, sin saberlo, fue la creadora de la mentira más mentirosa y mejor mentida en la historia de la humanidad. Menudo título.
Nosotros, los divinos consumidores, en esta fecha y para “recordar” tal acontecimiento, nos reunimos con nuestros seres queridos, los queremos un poco más y les agasajamos materialmente. Estos actúan de igual manera, y todos sonreímos. Nuestro estómago también se zambulle en el éxtasis general y participa activamente de la fiesta, consciente de la potencial dependencia de cajas de alikal. Seguimos sonriendo. El mundo se pone a hacer pesebres y la alegría de este día hay que festejar...
Como sea y le guste a quien le guste, por un instante, por un mísero instante, nos sentimos diferentes. La rutina y el extrañísimo acto de vivir se segundean sin la menor prudencia. Somos felices y comemos vitel toné con confites.
Mi vida está llena de recuerdos navideños. En cada uno de ellos sonrío y están los que hoy extraño.
Y lo que intenta dar sentido a este pollo desmenuzado, es que aunque hoy llueva y esté lejos, igual pude sonreir. Porque hablé con ella.
Gracias, a-dios.
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