Cuando el inca Huayna Capac llegó al pie de Sumaj Orcko no pudo ocultar su asombro ante la imponente montaña y ordenó su explotación para incrementar las riquezas del imperio.
Sin embargo, una poderosa voz en quechua proveniente del interior de la montaña les dijo: "Ama ttojpiychajchu mana kankunapacchu, Pachacamaj ujcunapajtaj huackaychan", que en español significa: "No toquen, no es para ustedes, Dios lo está guardando para otros".
¿Para quién Dios? ¿Para quién guardas los valiosos minerales del Cerro Rico de Potosí?
Durante más de cuatro siglos y medio, el majestuoso cerro fue escarvado hasta sus entrañas y despojado de su natural riqueza por colonizadores españoles.
Un puente de varios kilómetros de largo, otros tantos de ancho y cuatro dedos de espesor desde Potosí hasta España podría construirse con la plata extraída del Cerro.
Más de nueve millones de aborígenes murieron por su trabajo en las minas.
Ciento ochenta y tres días seguidos trabajaban sin salir, sin ver el sol, los mineros. Durante los seis meses restantes, debían cultivar quinua, papas e hijos, para que éstos continuasen a través de los años, la labor de sus padres, abuelos y bisabuelos.
Hoy, a partir de los nueve años, comienzan a trabajar en las minas, cobrando hasta los 15 años, 2,75 dólares por cada jornada laboral de ocho horas. Afortunadamente, cuando estos niños sin niñez crecen, pasan a ganar 7 dólares por día, de doce horas de trabajo, claro está.
Cuarenta años es, actualmente, la edad promedio de vida de los mineros del Cerro Rico de Potosí. Ellos lo saben, por eso cada sábado, el último día de trabajo, brindan en las venas mismas del Cerro, con alcohol puro. Se ahogan en 96 grados de penosa realidad.
¿Para quién Dios? ¿Para qué?
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