Otra vez. La misma historia de siempre. Una servilleta en rol de cuaderno, una lapicera comprada a último momento, un café con crema humeante, delicioso y un gran vaso de soda fría esperando a un costadito de la mesa junto a los sobrecitos de azúcar.
Otra vez. El Bar Sorocabana, espiando Córdoba desde la esquina de San Jerónimo y Buenos Aires.
Otra vez. La gente camina del lado de afuera del mundo, porque está claro que en este instante, el universo se concentra del vidrio para adentro. Algunos van solos pensando en nada y otros pensando demasiado. También ellas van solas, con prisa y sin saber porqué.
Carta breve a los solos y solas de Córdoba: ¡Uníos! Tomaros de vuestras manos y entrad al Sorocabana. Un café con crema para los solos y solas, por favor.
¡Oh! Soledad, infalible herramienta de vacío.
¡Oh! Soledad, me arrancaste el corazón mientras dormía y lo escondiste debajo de la suela de mi zapato. Me duele, cada paso que doy es una puntada en el pecho, del lado de adentro del vidrio.
Siempre pensé a la soledad como un gran campo de tierra, desierto, sin viento ni temperatura. Un lugar con veinticuatro horas de sol y mi sombra ausente en el piso.
También es estar más de media hora en el Sorocabana, con la taza de café vacía, mirando esta servilleta, sin encontrar la manera de terminar con este texto ni con esta soledad.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
1 comentario:
Quizá la soledad nos sirva para encontrarnos, tal vez refresque la memoria de ese corazón herido, y de repente nos demos cuenta de que esa soledad nos da la certeza de que no queremos estar solos, pero tampoco con cualquier compañía...
Publicar un comentario