jueves, 10 de enero de 2008

Un chico de barrio

Augusto López ochocientos veintiuno. Aroma a flor de naranjo. Esa fue la única vez que fui un chico de barrio.
Mi vieja laburaba en la tan manoseada Secretaría de Agricultura y Ganadería y Recursos Renovables (hoy Agencia Córdoba Ambiente) y mi viejo en la ex ex ex Hidráulica.
En casa, en Bº Gral. Bustos éramos seis: un par de abuelos, otro de padres, mi hemana y yo.
Cada mañana me acompañaba al colegio Alejo Carmen Guzmán la mujer (y a ver quien se anima a decir lo contrario) más bella del barrio. Me llevaba de la mano, cobijando la mía con la suya. El pelo corto y prolijamente pintado de marrón, los ojos delineados de azul y la boca... ¡Qué hermosa boca! Nadie que yo conociera podía tener una boca tan maravillosa como la de mi abuela. Una boca amplia, de labios justos, ni finos ni gruesos. Fucsia. Igual que sus polleras.
Sólo existen dos colores en mi niñez. El fucsia, tan sensual, tan mágico como cada línea y cada ángulo de su rostro.
Y el verde. ¡Cómo vivir en Bº Gral. Bustos en los '80 y no enamorarse del verde!
Tac tac tac... a la tarde mi pelota de básquet nro. 5 golpeaba cada baldoza desde casa hasta el club Atenas. Bien naranja, con puntitos, y con ese olor tan a pelota de básquet. Cuaquiera que haya llorado este deporte, puede reconocerlo.
Iluminado por las anécdotas de mi abuelo Italo, como gran jugador de Atenas de los años '50, iba yo al club de Aguado y Galeotti. Tac tac tac...
Italo caminaba todos los días más de cincuenta cuadras, y yo, cuando no estaba en el club o jugando a tirar csas arriba del techo de casa, lo acompañaba. Como hasta hoy, el hablaba y yo admiraba.
Mientras caminábamos me contaba historias: de básquet, de sus hermanos, de su Rosario natal y otra vez de básquet.
Mi abuelo fue (y a ver quien se anima a decir lo contrario) el único jugador de básquet que nunca perdió un partido por más de dos puntos.
En casa, al terminar el almuerzo, cuando el postre, mi hermana y yo nos sentábamos en el patio y, bajo el sol, disfrutábamos (¡realmente lo hacíamos!) de una cazuela llena de praliné o de crema pastelera helada preparada por la mujer más bella de barrio.
Todo continuaba en la pequeña habitación donde mi abuelo dormía la siesta, subiendo por la escalera del hall.
Para que me durmiese, él contaba cuentos: Anita y Pepito, El Zorro Colorado, Anita y Pepito y El Zorro Colorado, y así todos las siestas.
El Zorro Colorado se robaba jamones de un almacén, y a cambio, el lobo, no se lo comía. Y cuando el zorro, repentinamente, agregaba a su delicioso botín, queso roquefort y salame de la Colonia, yo, sigiloso, me escapaba sin hacer ruido porque mi abuelo se había dormido y, soñando, agrandaba el prontuario gastronómico del pobre zorro.
Y así pasaba mis tardes de chico de barrio, y así las recuerdo, mientras escribo y sostengo en mi mano, una flor de azahar.

1 comentario:

Miquita dijo...

qué lindo conocer esa faceta tuya de pibe de barrio... me hiciste lagrimear... y sí, no puedo negar que tu abuela es muy hermosa.